Las miradas se apoyaban en la cruz de madera de afuera de la iglesia. Las demás niñas y yo vestíamos el mismo vestido blanco, uniforme inmancillable, síntoma de la reunión con Dios y el espíritu santo. Este día no se asemeja a ningún otro. Supongo que la estación es poco trascendente porque fue un día como nunca habrá otro igual. El sol alumbraba la capilla con rayos tímidos como pidiendo permiso, todas resplandecíamos, todas sonreíamos nerviosamente, todas estábamos en el punto más álgido de la teofagia.
Con serena impaciencia llegamos una a una ante el sacerdote que nos recibió con una sonrisita cómplice, casi cálida. Sus palabras eran de terciopelo y la amargura del vino de consagrar fue acompañada de múltiples centellas que guardarían para siempre el momento.
Prometí ser niña buena y quizá lo cumplí, quizá...
El ritual llegó a su fin y con un pedacito de Jesús en la panza recibimos un anillo de oro que simbolizaba la unión parasiempre. Abandonamos el lugar y por razones azarosas regresamos todas a la escuela. Los vestidos inmancillables se llenaron de polvos color marrón, las piedritas del patio de juegos terminaron por desgastar el charol blanco de los zapatos. La unión parasiempre había terminado. Sembrados, entre las piedras, estaban los anillos dorados de las niñas que lloraban largamente su descuido.
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