La incesante decadencia de todos los atardeceres siempre me trae a la mente un recuerdo muy feliz. Los ocasos que se pusieron ayer y anteayer y los días anteriores a ellos son siempre fórmulas eficaces para evadir la solemnidad académica con la que me he conducido los últimos tres años. Tengo la impresión de que se me está yendo la vida en ello y yo de buena gana lo estoy permitiendo.
Mefistófeles se agazapa y ve pasar los días con absoluta tranquilidad, espera los días venideros diminuta y gorda. Nada le preocupa.
La otra situación es eterna y aburrida. La vorágine se postra sobre mis hombros en cada clase... cada clase es una incertidumbre constante... al principio todo es tan claro y preciso y después los escalofríos y el malestar de la ignorancia testaruda, la que viene irremediablemente de cuando en cuando a nublar mi mente. Lo que viene ya se ha ido a la menor provocación y sin que me dé cuenta... dando brincos y saltos pasando desapercibido para mí, no así para todos los demás quienes parecen todo el tiempo saber de lo que hablan todos los demás. La vida entonces transcurre confusa entre las anotaciones del pizarrón blanco y las observaciones que hacen los demás.
Yo me pronuncio abrumada, quién sabe cuánto más pueda durar este estado de sempiterna perplejidad.
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