La nostalgia invadió toda la habitación como un sopor insospechado. Apenas si pude levantar la mirada para darme cuenta de que estaba aquí y ahora, a 15 años de cantar Celestial Niña en los aniversarios del colegio. Siempre me gustó esa canción y siempre me gustó ese festejo, pero siempre fui muy hosca y huraña para admitirlo. Las flores blancas, la corona de la niña María, los cirios pascuales que con el titilar de la llama desprendían humos negros. Las volutas y el viento, entonces el humo de cigarro parecía extraño y distante...
En el pasillo todas las niñas, perfectamente uniformadas, enmoñadas con todos los pelos en su lugar, bien emperifolladas; Suash suash mascullaban las suelas de goma al ser arrastradas por el piso. Al fondo se escuchaba el teclado eléctrico despidiendo alabanzas de sus entrañas. Frente todas estaba la estatua de la niña María en actitud iluminada; la cargaban algunas niñas grandes, elegidas generalmente por su fortaleza física y sus calificaciones. Yo nunca figuré entre ellas, tampoco quise hacerlo. Todo parecía más emocionante que cargar a la niña María; la parafernalia, el festejo, los vidrios de las puertas de la entradas nos reflejaban a todas conforme íbamos pasando, algunas aprovechaban para pasarse la mano por la cabeza por si el spray y el montón de pasadores fallaba.
Celestial niña
María inmaculada
que subes hoy
al templo del señor
Tocaba el piano la miss Margarita, cerraba los ojos y pretendía estar poseída por Beethoven, el coro cantaba lo más entonado que podía; los agudos eran su especialidad. Suash suash. Aun puedo imaginar el pasillo largo con y sin niñas. De lado derecho estaba la cafetería, de lado izquierdo los juegos, que por alguna razón se volvieron invisibles cuando entré a la secundaria.
Santa sin pa-ar
a los divinos ojos
y a los tuyos
tan solo humilde flor.
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